El sesgo de confirmación: por qué solo vemos lo que ya creemos

un alupa mirando detalles de objetos

¿Alguna vez has tenido una discusión con alguien y, por más argumentos que le hayas dado, esa persona ha seguido pensando exactamente lo mismo que al principio? ¿O te has dado cuenta de que, cuando buscas información sobre algo, tiendes a quedarte con los artículos que confirman lo que ya pensabas y pasas por alto los que te contradicen? Si reconoces alguna de estas situaciones, es porque has estado en contacto con uno de los sesgos cognitivos más poderosos y extendidos que existen: el sesgo de confirmación.

¿Qué es exactamente el sesgo de confirmación?

El sesgo de confirmación es la tendencia que tenemos todos los seres humanos a buscar, interpretar y recordar la información de una manera que confirme nuestras creencias previas, mientras que tendemos a ignorar, minimizar o distorsionar la información que las contradice. No es una cuestión de inteligencia ni de mala fe, sino un mecanismo automático del cerebro que, en parte, existe para ahorrar energía cognitiva: procesar cada dato desde cero cada vez que lo encontramos sería agotador, así que el cerebro toma atajos, y uno de esos atajos es filtrar la realidad en función de lo que ya sabemos o creemos.

El término fue popularizado por el psicólogo Peter Wason en los años sesenta, aunque la tendencia en sí lleva acompañándonos desde que somos capaces de tener creencias.

Cuando el sesgo se cuela en el día a día

Lo más interesante del sesgo de confirmación es que no aparece solo en debates políticos o filosóficos, sino que se infiltra en decisiones muy cotidianas, a veces tan pequeñas que ni las percibimos.

La nueva pareja que «es perfecta» (hasta que deja de serlo)

Imagina que empiezas a salir con alguien y desde el principio tienes la sensación de que encajáis muy bien, y esa primera impresión tan positiva se convierte en el filtro a través del cual lees todo lo que hace esa persona. Si llega tarde a una cita, piensas «qué mala suerte ha tenido con el metro», pero si fuera alguien que ya te cayera mal, pensarías «qué poco le importo». El mismo comportamiento, interpretado de forma completamente diferente según la creencia previa. El sesgo de confirmación hace que construyamos una imagen de la otra persona basada más en lo que queremos ver que en lo que realmente hay, lo cual puede retrasarnos mucho a la hora de detectar señales de alerta que son importantes.

El trabajo que «no era para mí» (o sí lo era)

Pongamos que en una entrevista de trabajo te pones muy nervioso/a y al final no te seleccionan. Si ya tenías la creencia de que «soy pésimo/a en las entrevistas», este resultado la refuerza enormemente, y la próxima vez que te prepares para una, tu mente buscará recuerdos que confirmen esa etiqueta: «la última vez también me bloqueé», «siempre me pasa lo mismo». Lo que raramente harás de forma espontánea es recordar con igual intensidad las entrevistas en las que sí lo hiciste bien, porque esos recuerdos no encajan con la historia que te estás contando sobre ti mismo/a.

La dieta que «no funciona para mí»

Alguien decide probar una dieta nueva con poco convencimiento, creyendo de antemano que su cuerpo «no responde bien a nada». Los primeros días, si no nota cambios, lo interpreta como confirmación de que tenía razón; si nota algo positivo, lo atribuye a otra cosa, quizás a que durmió mejor esa semana, y no a la dieta en sí. Este patrón también funciona al revés: hay personas que creen tanto en cierta dieta que interpretan cualquier pequeña mejora como una prueba de su eficacia, aunque esa mejora no tenga ninguna relación real.

Las noticias que consumimos

Este es quizás el ejemplo más visible en la actualidad: cuando navegamos por redes sociales o elegimos qué medios de comunicación leer, inconscientemente nos inclinamos hacia aquellos que refuerzan nuestra visión del mundo, y los algoritmos, diseñados para mantenernos enganchados/as, amplifican este efecto hasta crear lo que se conoce como «burbujas de información». El resultado es que dos personas con ideologías diferentes pueden estar expuestas a versiones completamente distintas de los mismos hechos, y ambas creer con total sinceridad que están bien informadas.

La creencia de que tu hijo/a «siempre» se porta mal (o bien)

Los padres y las madres no son inmunes a este sesgo. Si un padre o una madre ha desarrollado la etiqueta mental de que su hijo/a «es muy conflictivo/a», tenderá a fijarse mucho más en los momentos en que el niño o la niña se porta de forma disruptiva que en los momentos en que se comporta de forma tranquila y cooperativa. Esa percepción sesgada puede acabar reforzando el propio comportamiento del niño/a, porque los/las niños/as tienden a responder a las expectativas que perciben en sus figuras de referencia, y así el sesgo se convierte en una profecía autocumplida.

¿Por qué es tan difícil escapar de él?

Una de las razones por las que el sesgo de confirmación es tan resistente es que no lo vivimos como un error, sino como una percepción correcta de la realidad. Cuando encontramos información que confirma lo que pensamos, sentimos una pequeña descarga de satisfacción, una sensación de «lo sabía», y esa sensación es agradable y nos da seguridad. En cambio, la información que nos contradice genera incomodidad, lo que en psicología se llama disonancia cognitiva, y el cerebro trabaja activamente para reducir esa incomodidad, ya sea ignorando esa información, desacreditándola o reinterpretándola hasta que encaje con lo que ya creemos.

Además, el sesgo opera en gran parte de forma inconsciente, lo que significa que no basta con ser una persona inteligente o bien intencionada para estar libre de él, porque todos/as lo tenemos, y el primer paso para manejarlo es reconocerlo.

Algunas claves para empezar a trabajarlo

Aunque no podemos eliminar el sesgo de confirmación, sí podemos reducir su influencia si lo tenemos presente, especialmente en decisiones importantes. Algunas estrategias que pueden ayudar son buscar activamente argumentos contrarios a lo que ya crees, algo que en inglés se llama steelmanning, es decir, construir la versión más sólida posible del argumento opuesto; preguntarte «¿qué tendría que pasar para que cambiara de opinión sobre esto?», porque si la respuesta es «nada», probablemente estás ante una creencia muy cargada de sesgo; y rodearte de personas que piensen diferente a ti y que sean capaces de cuestionarte con respeto, porque el pensamiento crítico se afila mucho mejor en el diálogo que en el monólogo interior.

En el contexto terapéutico, trabajar el sesgo de confirmación es especialmente relevante en creencias sobre uno/a mismo/a, como «soy un/a fracasado/a», «nunca gusto a nadie» o «todo me sale mal», porque son precisamente ese tipo de afirmaciones las que el cerebro, de forma automática, se encarga de confirmar una y otra vez si no las cuestionamos con consciencia y con herramientas adecuadas.

Espero que este artículo te haya resultado útil y te haya dado alguna pista para observar con más curiosidad tus propios patrones de pensamiento, porque el simple hecho de preguntarte «¿estoy buscando confirmar lo que ya pienso?» ya es un paso enorme.

Nos leemos el miércoles que viene, y si quieres profundizar en algo o sientes que te vendría bien un acompañamiento, puedes escribirme a través de la página web. Estaré encantada de ayudarte.

También te puede interesar