Hay una palabra que se repite cada año por estas fechas y que, sinceramente, ya iba tocando cuestionar: depresión postvacacional. Se ha convertido casi en un ritual, como si volver requiriera obligatoriamente sentirse mal, como si estuviera prohibido bajarse del avión, del tren o del coche con algo parecido a la calma. Y yo me pregunto, ¿y si en lugar de darle ese nombre tan dramático a lo que sentimos, probamos a mirarlo de otra manera?
Porque lo que hay al volver no es solo tristeza, ni mucho menos solo eso. Hay cansancio, sí; hay cuerpo que todavía anda a otro ritmo, hay mente que sigue un poco en la playa o en la montaña, en el pueblo o donde haya sido ese paréntesis. Pero hay también otra cosa que casi nunca nombramos, y es añoranza. Y la añoranza no es tristeza disfrazada, es memoria con cariño, es la prueba de que algo nos ha gustado tanto que nos cuesta soltarlo del todo.
Pensemos en los recuerdos que traemos, esa sobremesa que se alargó sin que nadie mirara el reloj, esa siesta que no tenía nombre de siesta sino de lujo, esos “tardeos” con amigos/as, las fiestas temáticas en la aldea, esa conversación con quien hace tiempo no veíamos, ese silencio que por primera vez en meses no daba ninguna prisa. Todo eso sigue ahí, no se ha quedado en el lugar donde lo vivimos, viaja con nosotros aunque la maleta ya esté deshecha. Y quizás en lugar de dolernos por lo que se acaba, podríamos permitirnos agradecerlo por lo que fue.
El agradecimiento cambia por completo el color de esta vuelta. No es fingir que todo es maravilloso ni obligarnos a un optimismo postizo, es simplemente reconocer que hemos tenido la suerte de parar, de desconectar, de vivir algo distinto a la rutina, y que eso deja huella buena. Volver desde el agradecimiento no significa que no cueste, significa que no cuesta desde el drama sino desde lo humano, desde el ajuste normal que hace cualquier persona cuando cambia de ritmo.
Y hablando de ritmo, aquí va algo importante que solemos olvidar: el cuerpo también necesita su propia vuelta. No es capricho ni pereza, es fisiología pura: otros horarios de sueño, otra alimentación, otro nivel de actividad, y todo eso el organismo lo nota y pide su tiempo de reajuste. Así que si esta semana cuesta madrugar o el cuerpo pide una siesta que ya no toca, no es fracaso, es adaptación, y la adaptación siempre necesita días, no minutos.
Ahora bien, septiembre trae también su propia energía, esa sensación de curso nuevo, de cuaderno en blanco, de propósitos que se sienten posibles otra vez. Y podemos aprovechar ese impulso sin necesidad de que sea sinónimo de exigencia inmediata. Empezar con fuerza no significa empezar a máximo rendimiento desde el primer día, significa retomar con intención, elegir con qué energía queremos retomar este nuevo tramo, decidir qué nos llevamos del verano y qué queremos seguir cuidando ahora que toca otra rutina.
Quizás la clave está en vivir las dos cosas a la vez, la nostalgia bonita de lo vivido y las ganas reales de lo que viene, sin que una tenga que borrar a la otra. Se puede echar de menos el verano y a la vez tener ilusión por lo nuevo, se puede estar cansado/a y a la vez motivado/a, no son sentimientos contradictorios, son simplemente completos, como suele serlo casi todo lo humano.
Así que esta vuelta, en lugar de instalarnos en el relato de la tristeza automática, probemos a mirarla desde otro lugar, desde la gratitud por lo disfrutado, desde la paciencia con un cuerpo que necesita su reajuste, y desde la energía tranquila de quien empieza algo nuevo sabiendo que no hace falta correr para hacerlo bien.
Ya sabes dónde encontrarme.
Hasta el miércoles que viene. Nos leemos.
