Hay una palabra que se ha ganado mala fama: negación. En cuanto alguien no quiere ver algo, no quiere hablar de algo o tarda en asumir algo, ya está la etiqueta puesta, a veces con cierto tono de rechazo, como si fuera debilidad o cobardía no querer mirar de frente lo que duele.
Sin embargo, la negación no es eso, ni de lejos.
Un mecanismo, no una debilidad
La negación es, ante todo, un mecanismo de protección, algo que la mente activa cuando lo que hay delante es, sencillamente, insoportable de sostener de golpe. No porque la persona sea débil ni cobarde, sino porque hay dolores que necesitan entrar por partes, poco a poco, como quien abre una puerta con cuidado en lugar de derribarla de una patada.
Negar, en ese sentido, no es evitar el dolor para siempre; es dosificarlo para poder digerirlo sin que nos desborde.
El error suele estar en quien mira desde fuera, sin conocer el proceso interno de la otra persona, y juzga con ligereza algo que en realidad tiene una función muy concreta y muy sabia, aunque no lo parezca.
Situaciones donde la negación se hace presente
Cuando pensamos en negación solemos irnos directas a las pérdidas humanas, a una muerte, a algo grande e irreversible, y ahí sí solemos entender mejor que el proceso lleva su tiempo.
Pero la negación aparece también en el día a día, en cosas mucho más pequeñas y mucho más frecuentes: en el final de una relación que ya no funciona pero que cuesta cerrar, en esa conversación que sabemos que tenemos pendiente y que vamos posponiendo semana tras semana, en un cambio que intuimos pero que preferimos no nombrar todavía.
No hace falta una tragedia para que la mente decida, por un rato, mirar hacia otro lado.
¿Qué hacer cuando alguien está en ese lugar?
Aquí no vengo con una recomendación cerrada, del tipo «haz esto y se soluciona», porque no es tan sencillo.
Lo que sí es de ayuda es acompañar sin forzar, respetar el ritmo que esa persona necesita para ir asimilando la realidad, sin empujar demasiado fuerte ni tampoco dejar que se instale para siempre.
Porque ahí está el matiz importante: todo proceso de negación tiene, en condiciones normales, un recorrido, un principio y un final, y va dando paso a otras fases hasta llegar a algo más parecido a la aceptación.
El problema no es negar, el problema es cuando el tiempo se alarga demasiado, cuando la persona se queda atascada ahí y no logra moverse hacia delante.
Ese es el momento en el que la negación deja de cumplir su función protectora y empieza a convertirse en algo que merece mirarse con más atención.
Si es tu caso, ya sabes dónde encontrarme. Estaré encantada de acompañarte en el proceso.
Hasta el miércoles que viene. Nos leemos.
