Hay una frase que hemos escuchado tantas veces que casi se nos ha colado como verdad sin que nadie la revisara: «Es familia, hay que aguantar». Y bajo ese paraguas, sin darnos mucha cuenta, hemos ido dejando pasar comentarios invasivos, control excesivo, exigencias económicas, actitudes tóxicas, todo justificado por un vínculo de sangre que, según parece, nos debería hacer inmunes a poner límites. Pero el parentesco no es un pase libre.
Ser madre, ser padre, ser hermana no convierte automáticamente cualquier comportamiento en aceptable, ni todo comentario en cariñoso, ni toda intromisión en preocupación. El vínculo familiar puede sostener mucho amor, sí, pero también puede sostener dinámicas que nos hacen daño, y ahí es donde solemos bloquearnos porque parece que reconocerlo fuera una traición.
Cuántas veces habremos escuchado o pensado eso de «no puedo estar mal con mi madre, es mi madre», como si el título familiar anulara automáticamente el derecho a sentirnos invadidas, controladas o agotadas por según qué formas de relacionarse. Normalizar la distancia también es cuidarse.
Aquí está una de las trampas más silenciosas: hemos normalizado tanto la idea de que la familia es intocable que, sin querer, nos hemos ido prohibiendo cosas tan básicas como poner distancia cuando algo nos hace mal o reconocer que con esa persona en concreto necesitamos menos cercanía, no porque no la queramos, sino porque nuestro bienestar también cuenta ahí dentro.
Poner un límite a una madre invasiva, a un padre controlador, a una hermana que solo aparece para pedir no es falta de amor; es una forma de cuidar la relación desde un lugar más sano, incluso aunque a veces eso implique menos contacto, menos cercanía o simplemente un no.
Ya sabes dónde encontrarme.
Hasta el miércoles que viene. Nos leemos.
